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Urbanización de Pablo Iglesias (Fuente: Planeta Rivas).

Urbanización de Pablo Iglesias (Fuente: Planeta Rivas).

La urbanización Pablo Iglesias ha celebrado la semana pasada su 35 años de existencia. Se trata del primer barrio de la época democrática de Rivas Vaciamadrid (antes solo existían el casco antiguo, reconstruido en 1959, y asentamientos rurales aislados). Planeta Rivas ha hablado con los primeros colonos del vecindario para reconstruir la historia del que fue uno de los principales laboratorios de ideas del urbanismo progresista de la corona metropolitana madrileña de los años 80.

El 15 de octubre de 1982, apenas 13 días antes de las elecciones generales, todo un vicesecretario de aquel PSOE arrollador de Felipe González se presentaba en Rivas Vaciamadrid. Alfonso Guerra, acompañado de figuras del socialismo como José María Rodríguez Colorado o José Acosta, venía a cortar la cinta (aunque algunos de sus vecinos llevaban allí viviendo desde el mes de julio) de la que se había venido a llamar una urbanización de gentes de izquierda, en la que no solo se apostaba por un proyecto urbanístico, sino de convivencia y de valores. Era el punto álgido de una aventura que había comenzado en 1977, bajo los auspicios de la UGT y el PSOE, en plena época de legalizaciones políticas, con el nombre de Sociedad Cooperativa Pablo Iglesias.

Tal y como relata a Planeta Rivas uno de los arquitectos del proyecto, Manuel Ayllón, se diseñó un proyecto cooperativo al estilo de los realizados por los sindicatos belgas y alemanes, y los espacios de convivencia desarrollados por los sindicatos italianos en Milán. “Eran casas de notable innovación para la época, pero carecíamos de recursos y de suelo. Con el apoyo de algunos socialistas notables, como Barranco, Muñagorri, Triana o Prieto; se pudo llevar a cabo un embrión de cooperativa y una organización administrativa. UGT nos ayudó a dar publicidad del proyecto en los centros de trabajo y pusimos una oficina en la calle Libertad, en la que no se pedía a nadie ni la afiliación ni el carné para apuntarse. Solo una cuota mínima”, incide. Tras un experimento previo en Villarejo de Salvanés y, tras tantear parcelas en las provincias de Madrid y de Toledo, se acabó eligiendo un terreno de la familia Corsini en Rivas Vaciamadrid, que era conocido porque era el lugar donde se llevaba a correr a los galgos. “El suelo catalogado era inaccesible para nuestra capacidad”, prosigue Ayllón, “por lo que consideramos que el proyecto debía suponer una transformación de una zona degradada -suelo rústico calificado como no edificable- en un espacio con una óptima calidad de vida y de condiciones ambientales. El resultado fue tan bueno que, hoy en día, Rivas es un espacio con una calidad de vida excelente, y otros desarrollos, con mejores ecosistemas de inicio, se han echado a perder”.

Urbanización de Pablo Iglesias (Fuente: Planeta Rivas).

Urbanización de Pablo Iglesias (Fuente: Planeta Rivas).

Alrededor de una mesa en un bar del Rivas Centro, edificio comercial que brotó frente a la urbanización en marzo de 2006, José Luis Sánchez y Luis Palmero, vecinos originarios de la cooperativa y miembros de Radio Cigüeña (medio de comunicación libre que lleva 31 años en antena informando de la actualidad ripense), explican la idiosincrasia con que surgió el proyecto. “Era una filosofía novedosa en España. No sabíamos dónde íbamos a vivir. Eso dependía de la cantidad de gente que hubiera y de cuánto aportara. Te apuntabas a un proyecto en que, además de la vivienda, ibas a disfrutar de cooperativas de alimentación, lavandería y escuela infantil. Se hicieron cooperativas de muebles, que luego no funcionó y dio problemas, y para la compra de los electrodomésticos. Se planteó un sistema participativo en la gestión por régimen asambleario, en el que se elegían desde la tipología de las viviendas a las dotaciones de jardinería“, inciden.

Una microciudad sobre yeso vivo

Finalmente, se consiguió una masa crítica de 1.500 familias, de las que quedaron 939. Con la intermediación de Enrique Múgica, se consiguió la recalificación del terreno para que fuera urbanizable, a costa de asumir unas cargas de urbanización (agua, accesos, centros de transformación) muy altas. Lo que se ahorraban en el precio del suelo, se lo gastaban en infraestructuras. Cuando eso estuvo pagado, llegó el crédito hipotecario para terminar de cubrir la aportación por cuotas. Entonces, la construcción empezó a rodar. “Se planteó como una ciudad jardín de baja densidad de población y ocupación extensa. Diseñamos unos rascacielos tumbados con elementos comunes, de bajo impacto geográfico y con zonas verdes que creaban un microclima en las calles interiores”, continúa el arquitecto. “Era como una corrala abierta en la que la gente coincidía en los espacios comunes y los niños podían estar jugando sin miedo”, comenta Sánchez.

Era una microciudad construida sobre una roca de yeso vivo que se comía el hormigón (hubo que utilizar un tipo de piedra puzolánica que resistiera al embestida geológica y que se hubo de encofrar en túnel). “El entonces alcalde, Antonio Martínez Vera, nos decía que, ya que nos habíamos ido a vivir al desierto, por lo menos, podíamos no haber elegido la peor parte del desierto”, incide Sánchez. Los pisos tenían entre dos y cuatro dormitorios, a dos alturas con entreplantas, solarios, invernaderos (como intento de climatización natural) y otros elementos novedosos para las construcciones de la época. Se aislaron con arlita y con carpinterías de diseño propio de chapa metálica y doble vidrio. Se diseñaron de fábrica la cerrajería y los peldaños, y se llegó a plantear la prefabricación de los baños. Todo industrializado para abaratar costes. También se construyó una piscina (según Ayllón, con cargo a los honorarios de los arquitectos), así como playas de aparcamiento y calles sin tráfico rodado.

Volvamos al comienzo, al corte de cinta. Toda la plana mayor del PSOE sacaba pecho en la inauguración de la capacidad del movimiento socialista para transformar la realidad hasta conseguir ese tipo de población. Algunos mandatarios se habían hecho incluso cooperativistas (Matilde Fernández y Valeriano Gómez, entre otros, vivieron allí algún tiempo, aunque la mayor parte cambiaron de residencia cuando el partido entró en el Gobierno).

Urbanización de Pablo Iglesias (Fuente: Planeta Rivas).

Urbanización de Pablo Iglesias (Fuente: Planeta Rivas).

Grietas en la arlita

Pero llegó el frío (y fue muy frío el invierno de 1982-1983) y, con él, las dificultades. Ya durante 1982 habían comenzado a surgir problemas de grietas y humedades. La cooperativa elevó actas notariales para exigir los arreglos. Todavía estaban el agua y la luz de obra, pero hubo gente que entró a vivir, sin contar siquiera con la cédula de habitabilidad. Estallaron los conflictos. En lo constructivo, las novedosas calefacciones no funcionaban, la pintura de caucho de las paredes se hinchaba porque la arlita permitía el paso del agua, se abrieron grietas y surgieron humedades en las paredes que aún hoy perduran en algunos casos, se enmohecían espacios constructivos por efecto de la condensación, y la dilatación de las juntas anulaba cualquier climatización. Así, apenas unos meses después de empezar a habitar hubo que dar una mano de pintura a la urbanización que no solucionó la situación. El asunto acabó en los tribunales con un pleito en el que los arquitectos fueron absueltos, tras siete años de juicios, y otro a la constructora. El Ayuntamiento se negaba a recepcionar la urbanización, que estuvo mucho tiempo en estas circunstancias hasta que se lograron solventar los casos más acuciantes. Los problemas constructivos solo encontraron verdadero arreglo en la rehabilitación llevada a cabo a partir de 2008, gracias a un crédito solicitado por los vecinos, en los que se forraron las paredes con una piel de cemento recubierta de planchas aislantes. En la calle, los ajardinamientos no terminaban de cuajar. En el segundo intento, la empresa quebró y la ya mancomunidad de propietarios contrató a los jardineros (que consiguieron dar forma al actual microclima de la urbanización), algunos de los cuales pasaron luego a Rivamadrid.

Las calles estaban sin asfaltar y alrededor no había nada. Así, se creó la cooperativa de consumo Cooperativa Pablo Iglesias Madrid -Copima-, que no funcionó, en el edificio de usos comunes de la urbanización. Allí se instalaron algunas tiendas, un bar y una guardería. Otra escuela infantil surgió en otro local tras la parcela destinada a uso escolar, denominándose Rayuela (que luego se trasladaría a su actual ubicación), que fue gestionada por una cooperativa de enseñantes. En el otro edificio de usos comunes se implantaban los servicios de los que carecía la incipiente comunidad. “Dependíamos del pueblo para todo porque aquí no había servicios y la administración estatal se resistía a dárnoslos, por lo que había que cortar la carretera de Valencia cada dos por tres“, añade Palmero. Este inmueble fue el primer centro de salud de la zona, la primera oficina de Correos y el primer colegio. A falta de sanitarios fijos en la zona, los vecinos contrataron médicos de atención primaria y ATS para atender a la población. Además de su labor habitual, hacían campañas médicas, sobre todo, relacionadas con la maternidad. A base de reivindicaciones, se consiguió que el Ministerio pusiera barracones junto a la urbanización, que en 1985-1986 se sustituirían por el colegio La Escuela, el primero centro escolar de la zona, al que seguiría pronto El Olivar.

No había recogida de basuras y los vecinos alquilaron contenedores de obra para concentrar los desperdicios y evitar enfermedades. Tampoco había transporte, a pesar de que la empresa La Veloz tenía la concesión. Sin embargo, para una población tan pequeña no compensaba. “Se alquilaron autobuses privados para llevar a la gente a Madrid pero, casualmente, la Guardia Civil los paraba. Así que nos inventamos un sistema de pegatinas en los coches con el que la gente compartía vehículo para ir desde Pablo Iglesias a Conde de Casal y viceversa”, narra Palmero. El acceso a la A-3 también fue un suplicio. “Te jugabas la vida cada vez que te metías en la carretera con el coche, de cualquier manera porque no había un acceso. Luego hicieron una raqueta, que era también bastante peligrosa, antes del acceso actual”, explica Sánchez. Cada logro fue a base de denuncias (por ejemplo, se logró bloquear la construcción de una gasolinera junto a las casas donde hoy se encuentra la pastilla de edificios municipales) y a pesar de las resistencias de la administración, en manos del PSOE, que rápidamente se había desligado de sus orígenes como uno de los artífices del invento.

Urbanización Pablo Iglesias (Fuente: Planeta Rivas)

Urbanización Pablo Iglesias (Fuente: Planeta Rivas)

Socios fantasma y cuentas sin aprobar

Pero los enfrentamientos también carcomieron las entrañas de la cooperativa. Después de algunos años de superávit en las cuentas y cierta tranquilidad organizativa, comenzaron las acusaciones de irregularidades con las cuentas, que se trasladaron a la Dirección General de Cooperativas. La contabilidad de 1985 no se cerró porque los números no cuadraban, aparecían socios fantasma en las asambleas, las derramas sin el consentimiento de los vecinos se sucedían, se comenzaban a conocer problemas con constructoras (negociaciones poco claras con Agroman y una denuncia de la empresa Constructor por una deuda por valor de 176 millones de pesetas, que acabaron siendo 230) y se produjeron sobrecostes imprevistos en el precio de los pisos. Las cuentas de 1986 ni siquiera se presentaron. La asamblea de 1987 acabó con la petición de dimisión de la Junta Rectora y la convocatoria de nuevas elecciones a las que nadie se quería presentar por desconocimiento de la situación real de la entidad. Varios de los anteriores gestores acabaron en los tribunales. Pronto se descubriría que, además, la responsabilidad de los vecinos frente a las pérdidas era ilimitada. De ahí, surgió una asociación de vecinos minoritaria crítica con la gestión. Otro grupo de vecinos, mayoritario (al que algunos señalaban como tributario de los socialistas y, por tanto, condicionado a no criticar el que había sido el proyecto urbanístico estrella del PSOE y la UGT en la zona), defendía la causa del agujero en la falta de educación cooperativa. Era el declive de una era. Finalmente, la entidad fue intervenida y disuelta en 1990, transformándose en mancomunidad. Se había entrado ya en la época negra del cooperativismo en España con estafas como la de la PSV, y de la crisis urbanística, de la que la Pablo Iglesias se salvó por los pelos. Los coletazos de esa crisis del ladrillo afectaron, no obstante, con esa misma cooperativa, a la urbanización Los Almendros, de 284 viviendas.

La convivencia vecinal se agrió temporalmente, aunque, con el tiempo, se retomaron las buenas relaciones, a lo que ayudaron eventos comunes como las fiestas solidarias (que llegaron a hacerse por calles), intermitentes y recuperadas hace apenas seis años. No obstante, Pablo Iglesias se convirtió en un núcleo político clave en la ciudad. De su Junta Rectora salió una amplia mayoría del gobierno socialista municipal de 1987, con Francisco José de Pablo, presidente de dicho organismo, como alcalde. El resultado de este retorno a la normalidad fue que los vecinos de segunda generación que pudieron, se instalaron también en la urbanización. A ellos se sumaron otra nueva hornada de colonos que representaron el refrendo del barrio como espacio de convivencia. Es el caso de la nueva presidenta de la mancomunidad, Rocío Domingo, vecina desde 2008. “Se mantiene la idea de pueblo y se sigue haciendo vida sin salir demasiado de la urbanización. Sobre todo, los que tenemos hijos. Además, se nota que Rivas ha crecido desde este punto”, sentencia.

“Era una propuesta urbanística muy preñada de ideología. Intentamos crear un núcleo de convivencia al estilo rural con las calidades de la construcción de la ciudad. Fue un proyecto experimental y sociológico, sin ascensores, ni portales. Solo zonas comunes para que la gente se conociera”, apostilla Ayllón. A lo que Sánchez añade, para concluir: “Muchos de nosotros tuvimos que irnos de nuestros barrios porque no había sitio en Madrid para nosotros. Aquí construimos una vida y nos sentimos partícipes de crear algo de la nada. Eso nos unió, a lo que ayudó una construcción en la que todo eran puertas abiertas”.

 

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